El viajar te cambia la vida

Esta parte del viaje está llegando a su fin. Vietnam será mi último destino del Sudeste Asiático. Llegué a Hanoi con la idea de recorrer los alrededores, las montañas, los campos de arroz. Algunas playas. Mi cuerpo me dijo que no. Y le hice caso. Estoy aprendiendo a escucharlo. Me quedé descansando en la ciudad en vez de quedarme sólo una noche para seguir la recorrida a la mañana siguiente. Paré el ritmo alocado de conocer y viajar y seguir. Me pasó algo parecido a cuando voy a los museos de artes plásticas, llega un momento que me saturo. Puedo mirar, 20, 30, o a lo sumo 40 cuadros y es tal la emoción que me producen que no puedo ver más. Por más famosos y renombrados sean los cuadros o los pintores que se exhiban. No disfruto del resto de las pinturas como se merecen, no llegan a producirme la emoción que deberían producir. Creo que me pasó lo mismo. Después de más de dos meses de recorrer tantos lugares maravillosos llegué a un punto en que necesitaba parar para poder asimilar tanta belleza, tantas sensaciones. Si seguía no lo iba a disfrutar. Y no solo eso. También necesitaba asimilar este cambio total de vida. De estar encerrado todos los días haciendo lo mismo. A estar todos los días en lugares diferentes, haciendo cosas diferentes, conociendo culturas distintas. Es un proceso que va llevando un tiempo de adaptación. Sí, lleva tiempo el adaptarte a esto de andar viajando con solo una mochila, con ropa para cuatro días. Porque ese cambio de vida, te va modificando otras partes de tu cuerpo, de tus sensaciones, de tu pensamiento, de tu mente. Incluso comencé a disfrutar del viaje de otro modo. Ahora estoy observando mas detalles. De las personas, las casas, las calles, las costumbres, detalles simples, hábitos comunes. Y ya no tanto como espectador u observador. Ahora estoy tratando de ser parte. En este momento no me interesan los lugares turísticos donde va todo el mundo. Donde tenés que esperar para sacar una foto. Donde te quieren vender tours. Mi cuerpo me está pidiendo otra cosa.
Necesitaba parar un poco. Necesitaba ordenar, sincronizar mi cuerpo, mi alma y mi mente. Que esas tres partes vayan juntas. Que todas esas partes sean un solo yo. Así que me dediqué a descansar, que lloviese todos los días ayudó. Y también porque necesito estar diez puntos para lo que se viene. Necesito incorporar todo lo aprendido para que la siguiente etapa del viaje sea más enriquecedora aún. Vivirla de otro modo. Como viajero. Como ciudadano del mundo, que es como me siento ahora. De Hanoi y mi experiencia en esta ciudad ya voy a escribir.
Igual, proceso mediante, estoy disfrutando cada momento con una mayor intensidad. Como que algunas preocupaciones que tenía al principio ya las fui dejando de lado. Y ahora viajar pasó a ser una forma de vida. Una alternativa nueva para mi. Y esa forma de vida me está gustando demasiado. ¿A quién no? Quizás no a todos les pueda gustar. Puede ser que haya personas que no les guste vivir así. Para mi estos meses fueron como un renacer. Y tantas cosas me pasan por la cabeza, es tanta la información nueva, tantos paisajes, ciudades, personas, sabores. Y a la vez una vida que dejé que a veces me parece que fue otra vida. Y no. Es la misma. Y ese pasado tan monótono y este presente tan vivo. Y toda esa mezcla la tengo que ordenar. Estos días fueron y van a ser para eso, para reordenarme un poco. No tengo ganas de ir a los valles, arrozales y playas. Necesito un poco de calma.
Es que también ocurre lo siguiente: No soy el mismo que empezó a viajar. Y los cambios se van dando, van surgiendo, lo voy sintiendo. El cambio es permanente a un ritmo intenso. Es que es tanto el vendaval de novedades que te viene de afuera. Algo te va cambiando si o si, día a día, de forma imperceptible en el interior, en el alma, en el espíritu. Y hasta en el cuerpo. Mi cara no es la misma. Cambió. Veo fotos y no soy el mismo. Soy un reflejo de mi nuevo yo. Y ese nuevo yo hace que vea algunas cosas de manera diferente. La perspectiva de los problemas, la forma de enfrentar situaciones, las prioridades, los afectos, el trabajo. Hay una sensación que ya viene desde hace unas semanas. Ahora se intensificó aún más. Y es una sensación totalmente positiva. Porque no paro de deleitarme y la mayoría de los momentos son de pleno disfrute. Y eso te va llevando a crear el hábito de disfrutar. De asombrarme, de ser agradecido, de sonreirle a los otros, de compartir lo que siento, y también de acordarme de las personas que quiero. De tenerlas presentes. De tratar de transmitir algo de esta sensación (aunque eso de compartir lo que me hace bien siempre lo hice). O aunque sea incentivar al resto a que puedan a hacer, no sé si lo mismo, pero demostrar que la vida está hecha para gozarla y vivirla a pleno. Soy un afortunado y tengo que aprovechar y me gustaría que todos puedan vivir y sentir lo mismo o algo parecido.
Y no solo me quedé para asimilar lo bueno. También necesitaba sacar lo malo. Que drenen y se vayan cierto hábitos que me hacen mal. Que a veces pareciera que me boicoteara. Y había veces que no me permitía el disfrutar, el pasarla bien. Y había veces que cuando estaba en un buen momento, una parte de mi se encargaba de estropearlo todo. Esa parte, ese pus, eso que me jugaba en contra en estos días traté de eliminarlo. No sé si todo ese pus drenó, pero se fue bastante. Y ese espacio lo quiero ocupar definitivamente con estos nuevos hábitos y estas nuevas sensaciones que solo me generan bienestar.
Por muchos motivos decidí este parate. También me tomé estos días para poder mentalizarme y enfrentar la nueva etapa que viene con todas las sensaciones, aprendizajes y vivencias ya incorporadas. Me lo pidió mi cuerpo a gritos. Es que creo que yo estaba aquí; mi mente no había llegado aún; mi espíritu estaba empachado de tanto y mi alma embriagada de gozo.
Releyendo el texto creo que es algo confuso. Y es que así estoy. No sé si confundido. Estoy procesando. Como el relojito de las computadoras. Porque el cambio es grande. Porque es algo muy muy diferente. Pero a pesar de toda ese proceso de cambio, caos interno y confusión, tengo la certeza que voy por el camino correcto. Porque me siento muy bien. Me siento libre. Porque toda esta confusión, ese barullo de sensaciones, esa tormenta de lugares son como los ingredientes que se están fusionando dentro mío. Y están generando mi verdadero yo. El auténtico. El que le está encontrando el sentido a la existencia. Es la libertad. Es la vida. Es el sentirse vivo de verdad. Es eso. Me siento más vivo como nunca. Es el camino que me está llevando a la felicidad. Y creo que es verdad lo que dicen: la felicidad no está al final del camino, está en recorrer el camino.

8 de Julio de 2017

Da Nang, Vietnam

En Da Nang me quedé solo un día para no hacer un eterno viaje en colectivo desde Nha Trang hasta Hanoi (si, los nombres son parecidos), decidí parar un día, conocer, dormir en una cama, descansar y seguir. Llegué al amanecer. El colectivo me dejó en la playa. Y tal como había visto en Nha Trang, el espectáculo era el mismo. Cientos de personas tomando su baño diario en el mar, otros corriendo y otros haciendo ejercicios. Llegué yo solo en el colectivo, el resto se bajó en la ciudad anterior que queda a 30 kilómetros y es más turísica. Por suerte. Da Nang es la tercera ciudad en población de Vietnam. Todo lo que tenía en mi imaginación previo a mi llegada a este país se va derrumbando. Me encontré con una ciudad moderna, de avenidas anchas, de grandes edificios, con un tránsito ordenado a pesar de tantas motos. Me fui caminando con mis mochilas hasta el hostel. Vi por el mapa que quedaba a más de 3 kilómetros. No me importaba. Tenías ganas de caminar después de pasar toda una noche durmiendo bastante incómodo. A Da Nang la divide un río muy ancho. Sus puentes parecen que compiten por cual es el más lindo de todos. A mi me gustó uno que tiene forma de dragón y que va serpenteando de punta a punta.
La amabilidad de los vietnamitas es formidable. Se desviven por ayudarte. No estaba en una ciudad turística, no todos hablan inglés, pero le buscan siempre la vuelta para hacerse entender. A la tarde me fui a la playa. Me encontré con miles de personas: nadando, chicos jugando con arena, otros haciendo fila para dar una vuelta en un paracaídas tirado por una lancha. Miles de personas disfrutando del mar. Miles de personas con una historia detrás, con proyectos, con trabajos, con esperanzas. Con ganas de pasar una tarde agradable en la playa. Todos en el fondo queremos lo mismo. Disfrutar de momentos, de la vida. Todos, en Vietnam, en Tailandia, en Argentina, en África, en Europa, en todos lados los seres humanos buscamos lo mismo. Ser felices.
Si de día la ciudad me había parecido linda, de noche aún mas. Los edificios que juegan con sus luces de colores como si hablaran entre ellos. Y ni hablar de los puentes iluminados. Un deleite. Caminar por la costanera del río es un placer. Llenas de cafés improvisados con sillas chiquitas que parecen las de un jardín de infantes. Comí en un puesto ubicado en un lote baldío. Fui ahí porque estaba lleno de gente. Todos vietnamitas. Ofrecían para comer frutos de mar. Los dueños no me entendían. Y de entre la gente un norteamericano con rasgos orientales se ofreció como interlocutor. Qué rico que se come en Vietnam. Y también seguí con el café. El café helado con ralladura y leche de coco es un orgasmo para los sentidos.
Al otro día me fui de Da Nang. En esta ciudad me sentí dentro del corazón de este país. El hecho de no haber turistas, de ver otras costumbres, de observar la amabilidad y lo sencillo que tienen en su forma de vivir. Vietnam es un país en el que me quedaría a probar suerte. Eso está comenzando a rondar en mi cabeza. Quedarme a trabajar en algún lado o buscarle la forma de poder trabajar y viajar a la vez.
Después de mas de dos meses de viaje me siento mas tranquilo. Como que estoy apreciando otras cosas. No estoy yendo detrás de tal o cual monumento o paisaje que sí o sí tenés que ver. Estoy disfrutando de las cosas sencillas, de la forma de vida de las personas. Estoy comenzando a disfrutar del viaje de otro modo. Estoy comenzando a habituarme a esto de andar recorriendo diferentes lugares con solo una mochila. Y me está gustando mucho, cada vez más.

5 de Julio de 2017

Nha Trang, Vietnam

Dejé atrás la guerra y lo que había ido a buscar acerca de ella. El pueblo de Vietnám también la dejó atrás, la superó y siguió adelante. De Saigón me fui a Nha Trang que había escuchado que eran las playas de Vietnam. Me tomé un colectivo de día y los paisajes que vi me asombraron. Por ahí se veían arrozales y montañas detrás y todo verde. Crucé infinidad de ríos. Por un momento el camino fue bordeando la playa recorriendo varios pueblitos costeros. Por ahí vi grandes medanales y la os cinco minutos grandes sectores de tierra roja y en seguida de nuevo el verde de los arrozales. En Vietnam fue la primera vez que ví molinos gigantes de viento, de esos modernos que generan energía. Son inmensos.
A Nha Trang llegué pasado el atardecer. Dejé las cosas en el hostel y me fui a la playa. Ya era de noche y para mi sorpresa estaba llena de personas dentro del agua. El agua por ahí es caliente. Y el clima ayuda. Me encontré, no con un pueblito rústico y de pescadores. No, para nada. Me encontré con una moderna ciudad llena de grandes hoteles y de muchos turistas. Pero la gran mayoría eran de China, Rusia y muchos vietnamitas. Es que Nha Trang vendría a ser lo que Mar del Plata a la Argentina. Eso me gustó. Salí un poco del camino de mochileros que está como un poco armado y salvo los rusos no me encontré con personas proveniente de occidente. Salvo un mediodía en restaurant me crucé con un chileno que hace un año que anda viajando por Asia. Había estado mucho tiempo en la India. Conversamos sobre muchas cosas. No es la primera vez que me cruzo con viajeros en donde coincidimos en temas como por ejemplo como vemos la sociedad, el trabajo y el dinero, la economía, el sistema, la política mundial, la ecología, el amor, la vida, el vivir para disfrutar. Aunque no sé muy bien si coincidimos u opinamos igual. Porque esos temas generan más dudas, preguntas y cuestionamientos que certezas. Creo que nos gusta (me encanta) conversar acerca de esos temas. Y el viajar te hace ver todo con otra perspectiva.
Hablando de restaurantes: unos de las mayores placeres que tiene esa ciudad es la comida. Fue uno de los mejores lugares en los que comí desde que comencé este viaje. Sobre todo frutos de mar. Los exhibían vivos en fuentones, y a los peces en peceras. Me la pasé comiendo ostras, calamares, langostinos y hasta un cangrejo. Y a precios regalados. ¡Ah! y el café…. Yo, que no soy fanático del café, acá me encantó. Es que es verdadero café, puro. No es agua caliente saborizada con gusto a café. Es café. Es exquisito. Una suma de placeres.
Además de comer me dediqué a caminar por toda la playa que es muy extensa. Y a nadar. Nadaba todo el tiempo. Me tiraba un rato en la arena y de nuevo a nadar. El agua calentita y el mar casi sin olas te invitaban a eso. Fue como un paréntesis de descanso y relax. (Más allá de que terminaba super cansado) pero necesitaba unos días así en la playa. Si por mi fuera mi vida tendría que ser al lado del mar. Me puede y me encanta. El sonido de las olas, el olor de esa brisa y contemplar tanta inmensidad es como que me relaja, me calma, me llena de energías y me predispone bien, muy bien.
Las playas de Vietnam dan al mar de China por lo tanto no se puede ver el atardecer. Un día me levanté a las cinco de la mañana para ver el amanecer. Y me encontré con las playas repletas de personas. La gran mayoría del lugar. Haciendo ejercicios, corriendo, había una clase con mucha mucha gente practicando yoga y muchos más nadando. Me enteré después que todos los días van tomar su baño diario antes del amanecer y se quedan ahí. Nadando o haciendo ejercicios y después se van a trabajar. ¿Gran comienzo del día no? Al mediodía en las playas no hay nadie. Muy pocos. A eso de las cuatro empiezan a poblarse de nuevo. Y las personas se quedan hasta tarde en la playa. Como vi cuando llegué. Obvio que me metí al mar de noche. Hacer la plancha en el medio del mar mirando la luna y las estrellas no tiene precio.
Igual tanta actividad física que estoy haciendo no es casualidad. Si bien tengo un buen estado físico necesito prepararme para lo que viene. Tengo que estar fuerte y sano. Porque se viene dentro de poco el gran desafío de este viaje: China y el transiberiano. Cruzando Mongolia para llegar a Rusia. Así que necesito estar bien preparado. Falta cada vez menos.
Me fui de Nha Trang con la grata sorpresa de encontrarme con personas amables, saludables y una ciudad moderna y en pleno crecimiento. Me fui con la sensación de estar respirando costumbres de un pueblo y de un Vietnam que cada vez me está gustando más.

4 de Julio de 2017

Ho Chi Minh (ex Saigón), Vietnam

Vietnam es un país que siempre quise conocer. Más que nada por su historia, porque lo vi en muchas películas, porque quería ver con mis propios ojos esos campos de arroz mezclados con selva, quería sentir en carne propia lo que había sido la guerra.
Llegué a Ho Chi Minh y lo que primero me encontré fue con el caos. Caos sobre todo en el tránsito. Motos por todos lados. Dicen algunos que es la ciudad con más motos en el mundo. No tardé mucho en adaptarme. Soy desordenado por naturaleza, y en ese desorden y caos en el que suelo vivir, pensar y sentir existe un orden. Un orden complejo pero orden al fin. Con Saigón lo mismo. Miles de motos y autos que fluyen por las calles de manera desordenada pero a la vez ordenados por el caos. Me gustó de entrada. No es la gran ciudad llena de edificios diseñados con algún estilo definido, en eso también es caótico. Hay una mezcla de edificios modernos, con antiguas casas estilo francés, con locales de ropa, restaurantes y cafés que por la noche se llenan de luces de neón.
Apenas me instalé fui al museo de la guerra. Muy fuerte. Te muestran las causas, el desarrollo y las consecuencias de la guerra. También los crímenes de guerra, las prisiones. Hay algunos tanques, aviones, helicópteros y una guillotina. La historia te la muestran acompañada por fotos. El origen de la guerra de Vietnam comenzó después de la segunda guerra mundial. Vietnam expulsó a los franceses que quisieron recuperarla como colonia. Ese conflicto se llamó la Guerra de Indochina y Francia fue derrotada en 1954. Pero el país quedó dividido en dos. Y comenzó una guerra civil entre Vietnam del sur y los guerrilleros comunistas (Vietcong). Plena guerra fría. EEUU tomó parte por los del sur. Primero como asesor y luego de una excusa de que un buque de guerra había sido atacado tomó parte con hombres y armamento. Del otro lado, el Vietcong era apoyado con armas y adiestramiento por Rusia y China. Fue una guerra de guerrillas. El Vietcong no podía enfrentar a una potencia como EEUU en un campo de batalla abierto. Así que la guerra se desarrolló de una forma extraña. Ataques por sorpresa. Los guerrilleros trabajaban la tierra de día y peleaban de noche. Hombres, mujeres, niños. Construyeron una red de túneles muy extensa. Me metí en unos de esos túneles. Son muy estrechos. Tenés que ir agachado o cuerpo tierra. Apenas podés respirar y el calor es sofocante. Usaban trampas que antes utilizaban para cazar animales. Hacían pozos y los llenaban de puntas de troncos de árboles. Conocían el terreno, la selva y estaban adaptados al calor y las lluvias. Enfrente el ejército de Vietnam del sur, y los soldados estadounidenses que estaban a miles de kilómetros de sus casas peleando una guerra que ni ellos entendían. La táctica de EEUU era bombardear lo más que podían al enemigo y cortarles suministros y después atacar. La crueldad fue de ambos lados. (desde ya que toda guerra es cruel). Los vietcong fusilaron a muchos vietnamitas por ser traidores a la causa. Los norteamericanos usaron armas no permitidas en la guerra. Las llamadas armas de destrucción masiva. (Otro término inadmisible. Partiendo del hecho horroroso que en una guerra está permitido matar). Usaron bombas de fósforo, napalm «Me encanta el olor a Napal por las mañanas» (Frase célebre de Apocalypsis Now) y también gases letales. Asesinaron a dos millones de civiles. Sí, no me equivoqué: dos millones de personas. Y cientos de miles en Camboya y Laos. Destruyeron fábricas, vías, centrales eléctricas y dejaron todo un país con bombas sin detonar que siguen causando víctimas. Las fotos que vi en ese museo son estremecedoras.
Hace un tiempo tenía pensado escribir acerca de las importancia que tuvo Hollywood en el desarrollo de la guerra fría. Para ello iba a analizar las películas sobre la guerra de Vietnam. La teoría y la práctica y sus grandes diferencias. Estar en Saigón, en los lugares dónde se desarrolló la guerra, sentir el sofocamiento en los túneles, ver la selva, lo pegajoso del calor. No hay película que te lo muestre. El sacrificio, el coraje y la valentía del pueblo vietnamita es digno de admiración.
¡Basta de guerra! Ho Chi Minh ahora es una ciudad viva, con mucha actividad. Los vietnamitas son personas muy amistosas. Hay pobreza. Muchas personas mayores vendiendo en la calle. Muchos negocios pequeños. Muchos puestos de comida. Un río muy grande que la bordea. Me dediqué a caminar la ciudad. Me acostumbré a cruzar el río de motos que son las calles. “Te tenés que mandar, esa es la única manera de cruzar”. Había escuchado eso. Y es así, te mandás a cruzar y las motos y autos disminuyen la velocidad y cruzás. Igual hay muchos semáforos. Caminando me encontré con la Opera de Saigón. Iba a comenzar un espectáculo en media hora. Decidí entrar. Quedé fascinado. Era un show de un grupo de artistas en dónde mezclaban la danza, el teatro, la música, el canto y la acrobacia. Una mezcla de Mayumaná con Fuerza Bruta. (este espectáculo me gustó más) La música, el vestuario y la escenografía se basaban en las tribus ancestrales de Vietnam. Utilizaban elementos simples como cañas de bambú, cestas de mimbre, máscaras, pelotas y el efecto de las luces y sombras. Y una coreografía que jugaba con la geometría y la física. Me saqué una foto con ellos. Eran artistas muy jóvenes. Salí con el alma llena de tanto talento. Es que el arte es uno de los mejores alimentos para el alma.
Me fui de Saigón con una sensación extraña. Ya no quedan vestigios a la luz de la guerra. Se respira, eso sí, como un halo de su recuerdo. Se percibe también cierto orgullo por la victoria. Es algo muy fuerte lo que pasó. Es muy difícil que no te afecte, ni que puedas dejar de pensar por qué los seres humanos somos capaces de algo tan espantoso como es una guerra. Eso es algo que me supera. Creo que nos supera a todos entender algo así. Aunque haya visto, sentido y estado ahí, adonde pasó parte de eso. Es algo que no lo puedo comprender. O no quiero. Es que es demasiado.

30 de Junio de 2017

Koh Rong, Camboya

La primera noche que me enfermé, estando en Sihanoukville, (Camboya), la pasé mal. Me dolía mucho la cabeza. Creo que tenía un poco de fiebre y estaba descompuesto de la panza. Después de dos días en cama me pude recuperar un poco. Por suerte se la pasó lloviendo. Así que despacito, cuando me sentí mejor, fui saliendo. Estuve dos días a menos de 300 metros de una playa y ni enterado. Cuando estuve mejor la recorrí de noche. Una playa llena de bares y restaurantes. Pensé en parar un poco, descansar, tomarme el viaje un poco más tranquilo y no tan desaforado en busca de conocer y caminarme todo; o tomarme cualquier colectivo para ahorrarme una noche de hotel y viajar veintisiete horas. Así que con esa idea me fui a Koh Rong, una isla que queda a 30 kilómetros de Sihanoukville, una ciudad portuaria que apenas pude conocer. Lo poco que vi fue una ciudad pujante, con un puerto modesto pero que los camboyanos se sienten orgullosos de tenerlo. Como toda ciudad pobre vi mucha desigualdad, y en este país fue el primero que vi algo de miseria. Por ejemplo muchas viviendas precarias al lado de una mega construcción de un hotel de lujo. Sin embargo las personas siempre sonrientes y bien predispuestas.
Mi idea en Koh Rong era ir a una playa tranquila que se llama Long Beach y que me habían comentado que había sólo unos bungalós y unas casitas. Y una playa inmensa, larguísima. Ahí quería ir a pasar unos días. A no hacer nada y descansar. Llegué cerca del mediodía al embarcadero en el que hay un pueblito. En el pueblito pregunté como llegar a Long Beach. «Cruzando la montaña: una hora, rodeando la isla: dos horas». Ni lo dudé y comencé a subir la montaña. Había llovido y el sendero estaba resbaloso. Por momentos bastante empinado. A veces el sendero se convertía en arroyo que por las lluvias traía bastante agua. Llevaba la mochila grande de 12 kilos y la chiquita con la notebook. Me crucé con unos colombianos. Le pregunté que onda y me dijeron que las playas por las lluvias estaban turbias, y que ademas estaban construyendo un embarcadero, que no valía mucho la pena. Igual seguí. El sendero se volvía algo tupido, cubierto por la vegetación y cada vez más era arroyo en vez de sendero. Me crucé unos españoles y me dijeron lo mismo, que no vieron ningún bungaló, que no valía mucho la pena y además para bajar estaba bastante empinado. Igual seguí. Caminé unos metros más y me dije «No aprendiste nada, cuatro personas te dicen que no está tan bueno, que no vieron bungalós, el camino no está tan fácil, todavía no estás recuperado del todo de la gripe y te mandas a cruzar una montaña con la mochila grande, con las zapatillas todas embarradas, todo transpirado…. » Pegué la vuelta y me instalé en el pueblito al que había llegado el ferry. En una pieza toda de madera, que estaba en un primer piso, con una ventaba qua daba al pie de una montaña llena de palmeras.
Koh Rong es encantador, esas islas con pueblitos de pescadores con unas playas extrañas de agua caliente. Que tiene algo de turismo pero que aún conserva la autenticidad de la vida de los pobladores de siempre. Ese día me dediqué a recorrer y caminar por las playas. Hay unos senderos en donde la naturaleza los cubre y hay partes que parecen túneles y de repente se te aparece una playa con arena blanca y algunas palmeras. Cada tanto una que otra persona tomando sol o leyendo. Caminaba y cuando había una playa que me gustaba, nadaba un poco, me tiraba un rato y seguía. Me costó encontrar un lugar para comer. Almorcé en el restaurante de un resort nuevito. Cuando volví, pasado el atardecer, me quedé en un barcito comiendo algo y tomando una cerveza mirando el mar. Al otro día llovíó casi todo el tiempo así que me sirvió para descansar. Ya estaba casi del todo recuperado.
Con la lluvia de fondo y dentro de un mosquitero dormí muy bien. Me levanté temprano y decidí ir a Long Beach. No por la montaña, sino bordeando la isla. Fue uno de los días más lindo del viaje. El caminito que bordeaba la isla estaba lleno de pequeños detalles, bares perdidos, playas chiquitas, escuelas con chicos corriendo y después nada. Selva, camino y sin playas. El mar que se veía pero más que nada se escuchaba tronar contra las rocas. Caminé más de una hora y me encontré con una construcción, con el muelle y con una playa inmensa, larga y deshabitada. Cada tanto algunas construcciones de futuros resorts. Y es eso lo que tienen estos lugares. Hay algo así de lindo y enseguida lo invaden hoteles, complejos y demás lugares para veranear. A lo lejos pude ver un poblado. Casi al final de esa extensa playa, cerca de unas montañas. Estaría como a cuatro kilómetros. Así que me fui caminando hasta ese pueblito, que seguro era el lugar donde en principio me tendría que haber quedado. Durante esos cuatro kilómetros apenas que me crucé con un par de personas. Tenía las playas para mi. Caminaba y cada tanto me metía al mar. No había nadie alrededor. Parecía todo como una playa desierta. Medio salvaje, con algunos árboles. Caminé hasta que llegué a ese poblado. Si donde estaba yo me parecía rústico este lugar era algo casi en estado puro. Un par de turistas, unos pescadores y unos chicos en un bar. Cuando volví los chicos del bar, que eran camboyanos, me llamaron. Se nota que estaban algo alegres. Me invitaron a sentar. Eran cuatro, uno sólo apenas hablaba inglés. Se peleaban por llamar mi atención. Nos presentamos. Me convidaron para tomar una bebida parecida al Legui pero más fuerte. Tomaban en ronda, en un vaso común y servían lo que sería un poco más que una medida de wiskhy. Uno de ellos me convidó un cigarrillo mentolado. Les hice señas que no fumaba, pero insistieron y era como descortés despreciarles la invitación. Acepté. De alguna manera, sin hablar el mismo idioma, nos comunicamos. Los cinco. Me quedé algunas rondas y me despedí. Se estaba haciendo tarde y tenia que llegar antes de que se ponga el sol. Y además si me quedaba con ellos tenía que tomar sí o sí. No daba para emborracharme. Estaba lejos. Los saludé, les dí un apretón de manos a cada uno. A uno de ellos le faltaba un dedo.
A la vuelta se nubló y parecía que se iba a largar a llover en cualquier momento. El mar como que se embraveció un poco. Me quedé varios minutos viendo como las olas daban grandes saltos al chocar contra un muelle. Llegué al pueblo cuando casi se hizo de noche. Cien metros antes de que llegue comenzó a llover.
Koh Rong es mágico, no sé si tienen las mejores playas, pero si es la mejor isla en las que estuve. Las personas, como siempre, la diferencia son las personas. Y acá la mezcla de las formas de las casas, los arroyos que desembocan en el mar, los senderos rodeados de naturaleza, los barquitos de los pescadores. Y ese olor a viento de mar.
Al otro día me desperté y llovía de nuevo. Así que muy a mi pesar decidí irme. Me fui encantado con la belleza tan auténtica de ese lugar. Me fui de Camboya. Un país que en mi plan inicial ni figuraba. Tampoco sabía que se ubicaba en ese lugar del mapa. Me fui de Camboya con la sensación de que es un país con unas personas adorables, trabajadoras, sonrientes, y con muchas ganas de ser felices. Y eso se nota, y eso contagia. Y a veces no solo las personas contagian felicidad. La naturaleza con sus miles de grandes y pequeños paisajes y espectáculos. Eso también contagia y te llena el alma y eso te cura, te sana. Camboya tiene ese don.

28 de junio de 2017